domingo, 19 de noviembre de 2017

LO CUBANO EN LA CUBANÍA


Lo cubano en la cubanía
Orlando Luis Pardo Lazo
       
        La literatura cubana es un plagio espectacular. Y ni eso.
        Ojalá fuera un plagio. Pero es otra cosa peor.
        Un apócrifo, una patraña. Una invención huérfana del siglo XIX, para justificar así las innecesarias guerras de rapiña para independizarnos de España.
        De la metáfora a la matazón.
        Las letras cubanas siempre fueron abyectas: la literatura como cortesana que se pega como una lapa al poder. No por gusto dicen que Maceo tenía tanta fuerza en el brazo como en su blablablá de mulato liberto.
        En Cuba se habla y se escribe sólo para dorar la píldora, para endulzar la violencia de la violación. Para engañarnos miserablemente en tanto lectores cubanos.
        Nos han mentido como a niños, desde que éramos niños y hasta el día de hoy.
        Ahí está. El mito fundacional. La burrada para ingenuos ávidos de poesía y para avaros de patria, empezando por los apóstoles y apóstatas cuyos nombres no vale la pena repetir ahora aquí.
        Ahí está, el collage perfecto de identidades, política y palabrería. Para colmo, en endecasílabos. Esa métrica amanerada.
        Espejo de paciencia, se llama.
        Pura estopa de estrofas. Pura rimita reumática. Sopa de significados para fundar el fascismo de la fidelidad.
        Espejo de paciencia, no se llama.
        Sino que Espejo de paciencia lo llamaron aquellos manganzones blancos que se aburrían de contar con tantas caballerías de tierra en la provincia de Matanzas. Por lo que se pusieron entonces a contar peripecias épicas, allí donde no había más que desierto y sacos de yute.
        Y no fue el 30 de julio de 1608, por supuesto, cuando dicen que se escribió el dichoso poema. Sino que fue en otro miércoles muerto de punta a punta de la Isola di Cuba, dos siglos y pico después, en 1838.
        Que fue cuando Espejo de paciencia se escribió de verdad. Y cuando los camajanes publicaron en la prensa de Matanzas los primeros pedazos de este no-plagio y esta sí-patraña.
        Qué vergüenza.
        Qué sinvergüenzas.
        Y así mismo, con ese título, nos tupieron durante el resto de la Colonia, y a todo lo largo y estrecho de la República, hasta aterrizar totalitariamente en el libro de Lectura de nuestras escuelitas primarias en Revolución, todas pertinazmente llamadas Nguyen van Troi.
        Un etíope digno de alabanza
        llamado Salvador, negro valiente,
        de los que tiene Yara en su labranza.
        Y tú, claro Bayamo peregrino,
        ostenta ese blasón que te engrandece;
        y a este etíope, de memoria digno,
        dale la libertad, pues la merece.
        En Cuba creo que nunca hubo un solo etíope hasta la visita del dictador Mengistu Haile Mariam, en la primavera de 1978, poco antes del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes.
        Los matanceros ilustres de 1838 no tuvieron reparos en armar este poema para suplir su supuesta ausencia de patria. No diré sus nombres.
        No te interesa. Y, además, ya no son nadie.
        Mientras más rápido los cubanos borremos la historia, más rápido nos habremos librado de repetirla. Recordar es represión.
        Los ilustres matanceros de 1838 redactaron Espejo de paciencia mediante el método más común en Cuba desde el descubrimiento de América: metiéndole dentro todo tipo de símbolos patrioteros, hasta parir un poema que se suponía iba a fundar una literatura que, a su vez, se suponía iba a fundar a una nación.
        Los símbolos supuran en cada sílaba. Le citaré sólo tres:
        El grito de Yara.
        La inmolación de Bayamo.
        El desembarco de Girón.
        Lo más curioso es que todavía faltaban treinta años para que Yara y Bayamo ocuparan su pedestal en la iconografía cubana, en 1868. Y, aún más curioso, o acaso escalofriante, es que no sería hasta después de un siglo la invasión de los cubanos exiliados por playa Girón.
        La poesía es ansí.
        Mientras más panfletaria, más pegada a la realidad.
        Mientras más payasada, más valor de predicción política.
        La poesía se les escapa de las manos a los poetas. Incluso a los peores poetas. Sobre todo a los perpetradores de apócrifos y plagios, que son los poetas más perfectos.
        Aquellos dandys matanceros compusieron a coro una cosa llamada Espejo de Paciencia en 1838 para tendernos una trampa de tiempo. Pero terminaron canonizados como autores de nuestro primer poema profético.
        Apuntaron para El Morro y el tiro les salió les salió por La Cabaña.
        Intentaban inventarse unos versitos mitad vernáculos y mitad verracos, pero Espejo de paciencia terminó saturado de versículos bíblicos. Los versos satánicos de un Salman Rushdie socialista y revolucionario.
        Endecasílabos endemoniados. Que es también un endecasílabo.
        En-de-ca-sí-la-bos-en-de-mo-nia-dos.
        Que-es-tam-bién-un-en-de-ca-sí-la-bo.
        Y así y así hasta el infinito, ripiando hiatos y sinalefas. Cornucopias de la comemierdad cubana.
        Aquellos patricios afrancesados de Matanzas no se midieron a la hora de metaforizar. Se tiraron con la guagua andando. Contra del tráfico.
        Por ejemplo, al esclavo bozal que mató al pirata Gilberto Girón con una lanza, al parecer a traición, le encasquetaron nada más y nada menos que el título de Salvador.
        ¡Oh, Salvador criollo, negro honrado!
        ¡Vuele tu fama, y nunca se consuma:
        que en la alabanza de tan buen soldado
        es bien que no se cansen lengua y pluma!
        Y, en efecto, no se cansó la lengua ni descansó la pluma de los estafadores, sedientos de sangre literaria para fundar una tradición nacional.
        Que no duerma el brazo ni cese el motor.
        Que-no-duer-mael-bra-zo-ni-ce-seel-mo-tor.
        El trabajo es gloria, la vida es acción.
        El-tra-ba-joes-glo-ria-la-vi-daes-a-cción.
        Y, en efecto, no se durmió el brazo de decapitar ni el dedo de disparar. A españoles primero, como ensayo. Y a cubanos después, como patíbulo de patria.
        La gloria cuesta trabajo, la muerte es acción.
        Y la culpa recayó, como correspondía, en un africano bozal.
        El totí siempre la paga.
        Salvador Golomón la hizo a la entrada y a la salida.
        Pobre muchacho anónimo. Títere de azabache a inicios de un siglo XVII soñado. Ahora, y ya para siempre, sometido a la impaciente pesadilla de nácar de los titiriteros de 1838 en Matanzas.
        Pobre diablo insalvable, forzado a jugar el rol poético de un mesías de ébano.
        Epopeya grosera de un golomón sin templo, pero guerrero y sabio. Salvador de villas y castillas, a la postre propiedad de la Corona de España. Joyas de la familia que a mediados del siglo XX terminarían en las arcas arcanas del Partido Comunista cubano.
        Pobre mambí, adelantado a los mambises de manigua que comían y cagaban su cóctel molotov de arroz con mango.
        Pobre negro. Pobre nación. Pobre negro de nación.
        Acordaos de la patria deseada,
        y de vuestros amigos y parientes,
        y de la dulce vida regalada
        que en ella pasan hoy todas las gentes.
        El paraíso prometido en la tierra.
        Matar piratas. Matar opositores.
        No hay diferencia sintáctica.
        Por supuesto, nunca hubo tal Espejo de paciencia ni la cabeza de un guanajo.
        Silvestre de Balboa, el supuesto autor, además de la tara de ser canario y emigrante, fue un bluff tan bárbaro como la idea de una Cuba independiente de España.
        Como la idea de una Cuba independiente de Estados Unidos.
        Como la idea de una Cuba independiente de Fidel Castro.
        Silvestre de Balboa escribió Espejo de paciencia, dicen, justo en su cumpleaños 45, que por cierto es ahora mi edad. “Movimiento de Liberación Nacional 30 de Julio”, debieron de llamar a ese complot de latifundistas aburridos de contar sus doblones de oro, por lo que se pusieron a contar entonces el tedio de una teleología insular.
        Y para contarla, tenían que contar primero con un poema fundacional. Un Génesis del Caribe. Fascismo poético a pulso.
        En el Principio era el Verso.
        Y el Verso era con el Dictador.
        Y el Verso era la Dictadura.
        Si a Espejo de paciencia no lo hubieran inventado en Matanzas en 1838, me juego la cabeza a que lo hubiera inventado Cintio Vitier, en el Lyceum de El Vedado o en la Universidad del Aire de la CMQ.
        Lo mismo antes de 1959, cuando aún había liceos y universidades. Que después de 1959, ya en plena apoteosis a ras de la Plaza de la Revolución.
        Pero a Vitier se le adelantaron los burgueses vencidos del XIX, los mismos que en el siglo XX no le daban ninguna pena a Nicolás Guillén.
        Y aquellos fundamentalistas sin fe, aquellos negreros de la siempre fiel provincia española de ultramar, aquellos conspiradores a la par que delatores de lesa conspiración, tuvieron tan buen tino en 1838 que hasta le regalaron un renglón a Perucho Figueredo, para que en 1868 éste lo metiera a la cañona en nuestro Himno Nacional, escrito sobre un caballo.
        ¿Qué mejor ocasión que la de ahora
        que un buen morir cualquier afrenta dora.
        La Revolución de los caballos, por los caballos y para los caballo.
        Del Caballo, por El Caballo, y para El Caballo.
        Nos ha tomado un siglo de dictaduras para darnos cuenta de que todo, todo, todo es mentira. Un siglo de terrorismo de Estado para caer en la cuenta de que morir por la patria es morir.
        Abajo la poesía.
        Abajo Cuba Libre.
        Nunca apareció el manuscrito original del poema.
        Nunca apareció la copia del manuscrito original del poema.
        Qué iba a aparecer. Si los cubanos somos todos unos desaparecidos.
        Y ni eso. Somos unos aparecidos, pero desaparecidos. Fantasmas sin siquiera un espejo donde no reflejarse.
        Espejismos de impaciencia.
        Todo no fue más que un enredillo de citas y chismes de notarios. Hasta Lezama Lima se comió el cake con Espejo de paciencia. No tiene sentido perder el tiempo con esto.
        Confíen en mí. Como si yo fuera Leonardo Padura, vaya.
        Es patético este caso.
        Tan patético como Máximo Gómez, un militar extranjero desertor de las filas de España, robándole cuatro páginas al Diario de Campaña de José Martí, donde se nos explicaba por qué la cuestión del caudillismo en Cuba sería insoluble por lo menos por otros cien años.
        Hasta el primero de enero del 2059. Una fecha que ya casi está ahí.
        Si es que no quedó corto nuestro Pepe Ginebrita en la Gloria, nuestro Bebé Don Pomposo de los octosílabos sencillos. Porque tal vez la cuestión del caudillismo en Cuba será insoluble por lo menos por otros cien mil años.
        El fascismo es ansí. No tan mentiroso, como milenarista.
        En ese Diario de Guerra, donde por cierto él nunca guerreó, el ario Martí nos dejaba también su testimonio del bofetón que le propinó el mulatazo Antonio Maceo la madrugada anterior.
        Días y días del Señor, domingos de Junta Militar de La Mejorana. Antonio Salvador Golomón Maceo y Grajales, que tenía tanta fuerza en el brazo como en el brazo, si no la hacía a la entrada, la hacía ya saben cuándo.
        En nuestro Espejo de paciencia hay muchos pájaros, pero el totí siempre paga la culpa.
        Ruiseñores, jilgueros, pintacilgos y abulillas.
        También diversas alimañas, de cualquier raza y calaña.
        Iguanas, patos, jutías. Jiguagua, dajao, lisa. Camarones, biajacas, guabinas.
        Además de las consabidas guanábanas, jijiras y caimitos. Mameyes, piñas, tunas. Aguacates, plátanos, mamones. Tomates, siguas, macaguas. Pitajayas, jaguas y birijí.
        Pero el totí siempre paga la culpa y bien pagada.
        Bienvenido seáis al nido caro,
        cual vino al arca el ave triunfadora.
        La cubanía es la perla del edén.
        Estos son espejos de paciencia que no hay coraje para narrar hoy en Cuba.
        Y que no ha habido coraje nunca para narrarlos. Empezando por el rapto de Cristóbal Colón al pasarse toda la noche oyendo pasar los pájaros. En otro Diario, pero de Navegación, uno de esos domingos del Señor en octubre de 1492.
        Coraje para narrar a Cuba es lo que nunca hubo ni nunca tampoco habrá. Isola di Cuba desolada, desoladora.
        Cuba como un plagio espectacular, especular.
        Y aún menos que eso.
        Una Cuba apócrifa. Una Cuba patraña.
        Cuba decúbito supino. Morir de cara al socialismo. Totalitarismo íntimo, interiorizado.
        Estas son las lecturas al límite que aterran la miseria elemental de los lectores cubanos. Para no mencionar el pánico de los cubanólogos en la academia norteamericana, con sus salarios de asco para elogiar la miseria decimonónica del pueblo cubano.
        Nuestro propio miedo y mediocridad.
        Nuestras pañoletas perennes de pioneros, atadas al cuello como un grillete. Tatuajes de la ternura, castrismostalgia.
        Nuestra incurable Síndrome de la Nguyen van Troi.

        Salvadores Golomones de la victoria convertida en revés.

viernes, 17 de noviembre de 2017

MORIR LEJOS SIEMPRE DE CUBA



Morir lejos de Cuba. Morir, lejos, en Cuba.
Orlando Luis Pardo Lazo

No voy a mencionar nombres. Es un tema humanamente muy delicado.

La política poblacional de la Revolución Cubana siempre fue, incluso antes del triunfo de 1959, biopolítica. Es decir: ejercer un control absoluto y arbitrario sobre los cuerpos de todos y cada uno de los cubanos, tanto dentro como fuera de la geografía nacional.

El Estado cubano ―y esto nuestro pueblo parece aceptarlo ya, como si fuera lo más natural del mundo― decide por sí mismo, incluso al margen de sus propias leyes, quién queda libre y quién va a la cárcel, quién se queda en la cárcel y quién sale al exilio, quién se queda de por vida en el exilio y quién regresa de visita a la patria. Y, sobre todo, quién se queda vivo y a quién le quedan apenas unos días para convertirse en cadáver: falsos accidentes de tránsito (como a Oswaldo Payá y Harold Cepero en julio de 2012, asesinato clínico (como a Laura Pollán en octubre de 2011), tratamiento inhumano durante una huelga de hambre (como a Orlando Zapata Tamayo en febrero de 2010), y un escalofriante etcétera.

La biopolítica de la Revolución cubana es, en última instancia, necropolítica. Léase: la cuestión es controlar los cadáveres futuros de todos y cada uno de los cubanos en el planeta.

Dije que no iba a mencionar nombres y no los voy a mencionar. Payá, Cepero, Pollán y Zapata Tamayo no son los mártires del comunismo de los que quiero hablar aquí. Estoy reflexionando ahora sobre la muerte de los cubanos y sus seres queridos, en la distancia despótica que nos impone masivamente, a 13 o 14 millones de nacionales, el socialismo insular. Un régimen de izquierda radical que nos ha secuestrado incluso nuestra ciudadanía cubana. Por lo tanto, de quien realmente estoy hablando ahora es de ti. Perdóname, por favor.

Todos los días hay un nuevo caso. Algunos llegan a la prensa y se crea un escándalo efímero. Y pare de contar. Pero la mayoría, no: la desgracia pasa desapercibida, doblemente trágica en su condición de anonimato y por la sensación de vulnerabilidad. No somos nada y no podemos hacer nada. Los cubanos ya no vivimos y morimos en las manos de Dios ―como se decía antes en nuestra tradición cristiana―, sino que sobrevivimos y sobremorimos en la maldad materialista de la Plaza de la Revolución de La Habana.

A los efectos de este apartheid migratorio del Ministerio del Interior cubano, no importan para nada nuestros familiares enfermos de muerte, ni nuestros hijos separados de sus padres (nosotros) a la espera de un humillante permiso de rehenes para viajar, ni nuestros padres envejecidos hasta la senilidad sin reencontrarse jamás con sus hijos (nosotros).

Durante décadas, muy poco han podido ayudar al respecto la Cruz Roja Internacional y las Comisiones de Derechos Humanos, sean de Naciones Unidas o de organizaciones no gubernamentales. El castrismo sencillamente no entiende con nada ni con nadie, cuando de consolidar su poder omnipotente se trata. Y este principio feudal es inviolable para la integridad de la dictadura “más democrática el mundo”: a Cuba entra quien ellos quieran y sólo mientras ellos lo quieran, y de Cuba sale quien ellos dejen y sólo cuando ellos lo dejen.

Punto y aparte. Punto y apártate. Porque casi nadie en la comunidad internacional se solidariza en contra de la segregación del pueblo cubano. Y así ha sido desde inicios de 1959 hasta finales del 2017: seis decadentes décadas de despotismo estatal con insultante impunidad.

Tampoco quiero rememorar anécdotas dolorosas al punto de lo morboso. Pero tú sabes muy bien de lo que estoy hablando. La falta de libertad de los cubanos, viajen o no viajen a la “Isla de la Libertad”, se manifiesta al máximo en esta crueldad sobre la familia cubana: nunca estamos seguros de volver a ver a quienes más amamos, nunca estaremos seguros de que el Estado cubano nos perdonará por no haberlo amarlo en tanto Estado totalitario.

Es un holocausto del alma. Un genocidio sentimental. Una nación fallida, tanto en la patria como en su diáspora a perpetuidad. Y por eso nos hemos ido convirtiendo en un pueblo cínico, acobardado, e increíblemente resentido pero en contra de nosotros mismos. Nunca en contra de los culpables que nos hicieron y nos hacen el daño.

Así, nos odiamos entre cubanos porque no pudimos amarnos bien entre cubanos: nos robaron hasta la noción de familia, a cambio de los aplausos amorfos de la propaganda política y una fe abstracta en la Fidelidad. Así, la cogemos en contra de nuestros propios compatriotas porque la Revolución Cubana nos descojonó el corazón. Se nos murió y se nos sigue muriendo el amor, en una distancia que los cubanos para colmo nos negamos a nombrar como lo que realmente es: la indecencia de haber habitado en dos siglos, y los dos bajo una misma dictadura.

Morimos lejos de Cuba. Morimos, lejos, en Cuba. Porque la dictadura cubana no deja desamparado a nadie: nos acompaña desde la cuna hasta el cadalso.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Black Trash










PUEDES LEER ESTE CAPÍTULO DE MI NUEVA NOVELA INÉDITA "QUE LA PATRIA OS COVFEFE ORGULLOSA" EN ESTE ENLACE DE HYPERMEDIA MAGAZINE:


Basura negra


¿





                    Se pensaban que no me iba a atrever a nombrar un capítulo así?
Por favor.
Perdónalos, Señor, porque no saben lo que leen.
Después de abrir con un capítulo llamado “Basura blanca”, por supuesto que tenía que cerrar con otro capítulo titulado así.
Basura negra y bien. Black trash.
En este caso, basura negra de lujo. Lenguaje lustroso y violencia iluminada.
Diálogos desesperados. Existencialismo in extremis. Exilio de palabras y más palabras en una lengua límite llamada el inglés:
DreadDreamDescentDespairDecision.
Ya sé que no tienen ni la más puta idea de lo que hablo. Por algo no son lectores ilustrados, mucho menos ilustres. Por algo no han leído nada de nada, nunca. Por algo me siguen leyendo a mí, compulsivamente.
Por eso les hablo a ustedes y no al rígor mortis de la academia norteamericana.
Bien, pues. Ahora lo saben. Les estoy contando de El extranjero.
Pero no del librito original de Albert Camus, quien a la postre fue ejecutado por los servicios secretos de la KGB soviética en Francia, porque el Premio Nobel había mordido miserablemente la mano moscovita que lo mimó.
No les estoy hablando de ese extranjero.
Les cuento de El extranjero, la novela vomitada buche a buche por la rabia de un Camus negro norteamericano. Un comunista también renegado, como Albert el argelino francés. Y, como Camus, también acosado por la basura blanca del Partido Comunista.
En este caso, el Communist Party USA, de siglas CPUSA, una gaveta sucia y con olor a comida barata, un consultorio repleto de gente mal fornicada que logró infiltrar desde las Oficinas de Correo hasta el cuarto piso del Departamento de Estado, desde donde pudieron cocinar en su propia salsa al castrismo continental.
Y todavía sigue allí. Mierdamericanos de izquierda radical, disimulados bajo la piel demócrata de un traje carísimo. Topos a la espera de la menor oportunidad para aplaudir al totalitarismo y hacer leña del capitalismo caído.
Les cuento de un extranjero de verdad, no de un personaje de una novela de mentiritas, como es el caso de L’Étranger. Les hablo del magnificente libro The Outsider, escupido por ese hijo nativo del sur llamado Richard Wright.
Esos malditos Wright resabiosos. Tecleando a piñazos sobre la ametralladora de su máquina de escribir. Piloto prodigio y procaz, adelantado al resto de la basura blanquinegra por un periodo de por lo menos quinientos años.
Un escritor pingú, no un autor intelectual.
Sin miedo a quedarse solapio, solapiao.
Como solo en cuerpo y alma lo dejó la insulsa intelectualidad euroamericana, esa casta de cobardes con ínfulas de escuelita de por aquí o por allá. Con sus tics nerviosos, sus pulsiones despóticas, sus concepticos de entreguerras y de posguerra, su arrogancia de emigrados de oro en un país de analfabetos con cash, y sus egos sin orgasmos made in Frankfurt o hechos en Fidelfurt.
Fuck them all, Richard Wright.
Fuck them all, holy Cross Damon.
Demonio de los desposeídos. Al margen de la propaganda perversa del proletariado.
Abajo los pobres del planeta. Ese apocalipsis de la hipocresía que se fraguó, como una ficción de acero, en las dachas alrededor de Moscú.
Allí, en la tibia estalinidad, donde media academia yanqui hubiera dado el culo con tal de ser invitada a la eucaristía de la Utopía.
Covachas para cucarachas. La ideología entra por los intestinos.
Menstruación marxista. Sal blanca sobre pan negro sobre bandera roja.
Avanti popolo, alla riscossa, bandiera rossa trionferà.
Uno estaría tentado a sucumbir a la tentación de pensar que son unos retrasados mentales. Y lo son.
Evviva il comunismo e la libertà.
Pero no lo son.
Son unos retrasados sexuales. Y, paranoias aparte, funcionan como una red de asesinos a sueldo del socialismo pannacional.
Así en el Kremlin como en Coyoacán, así en La Moncloa republicana como en la Cataluña ñáñiga de hoy, así en The New York Times como en la Plaza de la Revolución de La Habana.
A Richard Wright también lo colimaron, como a Camus.
Primero, la izquierda blanca intentó comprarle su negra voz. Trataron, como de costumbre, de blanquear al negrito listo a título del comunismo internacional. Ofrecerle un puestecito en la historia de la humanidad.
El mismo racismo de Marx, Engels y Lenin.
Cazar al monito revolucionario. Ponerlo a monear en la jaulita del zoocialismo.
Captar al negro cimarrón, al esclavo huyuyo. Solo para destruir definitivamente su locura liberta. Y sentarlo entonces a redactar la basura aburrida de la raza roja de la revolución. Blancos sin eyaculación.
Ja. Pero el negrón se mandaba mal.
Kunta Wright Kinté no entendía con nadie fuera del gueto, ni tampoco dentro.
Un tipo de cuidado. Que sabía cómo hacerse respetar.
Un Ricky Montana de Mississippi.
Con una inteligencia desquiciada, hecha a golpes de lecturas y abusos, de familia y fundamentalismo, de democracia yanqui y discriminación ancestral. Un confederado de la libertad íntima e intimidante del uno, esa gran mayoría que el Partido Comunista aspira a olvidar.
Somos uno. Somos uno. Somos uno.
Cubanos que me escuchan: repitan este mantra conmigo, antes de ponernos a jugar a la sociedad civil y la justicia social.
Somos uno.
Somos uno.
Somos uno.
La masa es fascismo. El pueblo es fascismo. Hasta la libertad es fascismo, si se nos olvida que somos uno.
U.
N.
O.
Ricardo Corazón de León Negro combatió con un coraje de tres pares de cojones. Richard Leonwright resistió hasta el final contra todo tipo de panfletos comunistas y prensa percudida de fake news.
Los liberales lo odiaban.
Precisamente por ser uno.
Por oponerse sin tapujos al mercado y a los mercaderes del antimercado.
Fuck them all, holy Cross Damon: outsider, ovni. Hombre de las cavernas, horror de unos años cincuenta donde ser escritor implicaba escribirle una Oda a Stalin (un falso negro cubano lo hizo).
Fuck the mall, lovely Lionel lonely Lane: el hombre nuevo que nunca hubiera parido la poesía de principiante de Ernesto Che Guevara.
El exilio es leer a Richard Wright con el corazón en la mano. Como mismo el exilio es leer a Ayn Rand, pero con el cerebro en el cráneo.
A Ayn Rand la negaron no tres, sino trescientas treinta y tres veces antes del alba. Una feminista de izquierda se atrevió incluso a llamarla “traidora a su propio sexo”.
Se ponen de pinga esas vaginas vaciadas por el PCUSA.
Imagino la sonrisa satisfecha de Ayn ante semejante improperio. Puedo sopesar su grandeza de Atlas ante tales cochinadas de puta sindicalizada.
Estos son los Estados Unidos de los que nunca nos dijo nada Fidel Castro a los negros cubanos. Por suerte.
De lo contrario, todavía estaríamos allí. En la Cuba cársica. Inemigrados.
Sin leer ni paladear los parlamentos impotables de Richard Wright.
Negroes can be Fascists too. Fundamentally, Fascism has nothing to do with race.
Richard Ayn también sonriendo con sorna en el capítulo final de The Outsider, antes del atentado con que los comunistas lo mataron. Como a un Camus cualquiera, como le corresponde a todo buen l’étranger.
Richard Rand con una mueca de desprecio por la decadencia de la democracia, pero sin dar su prosa a torcer a los demagogos del castrismo cultural.
Del negro no obtuvieron ni una sílaba de sometimiento.
I know nothing whatsoever. I have nothing whatever to say.
I acknowledge nothing. I affirm or deny nothing. 
I belong to nothing. I subscribe to nothing. I admit nothing. 
Acostúmbrense a la idea: del negro Orlando Luis Pardo Lazo nunca tendrán nada tampoco.
Ni suicidio, ni sometimiento.
Jódanse.
Ni una singá sílaba.

martes, 14 de noviembre de 2017

Dolores de mi nueva novela en Hypermedia

El asilo de Dolores

       
        Ayúdenme. No me dejen solos, hijos de puta.

        No se lo tomen tan a pecho.

        Es sólo una cita de Ricardo Piglia. Que primero fue una cita de Rodolfo Walsh. Argentinos muertos los dos, los dos por la misma causa.      

        Operación Masacre. Holocausto silencioso. Donde las dictaduras no son más que un fast-forward de nuestra muerte misericordiosa en un hospital.

        Yo tampoco gritaré “viva la patria”, como aquel conscripto, sino que grito y grito, pegado a mis persianas de alquiler, para ver si por fin algún cubano me oye:

        ―No me dejen solos, hijos de puta.

        Los hijos de puta son, por supuesto, ustedes.

        Los hijos de puta somos, por supuesto, todos nosotros.

        La casa desaparecida. La nación ausente. El pabellón de los locos. El asilo de los que nos pusimos viejitos pensando que el castrismo podía detener al tiempo.

        Como en el cuento “Epílogo” de Jorge Enrique Lage. Donde, ya lo he dicho, Fidel camina por las calles de una Habana congelada fuera del tiempo. Ahistórica, abiográfica, anacrónica. Un poder absoluto que es su condena. Y la nuestra.

        Porque sí envejecimos.

        Sí nos fuimos muriendo, en inocencia ignorante, pensando hasta el último suspiro que la vida no era verdad.

        El castrismo nos contagió sin remedio con sus delirios de inmortalidad. Con su don de trascendencia. Con su cualidad de cosa divina, más allá de las religiones y la Revolución.

        Sin Fidel, nunca más seremos eternos. Ni como pueblo ni como individuos.

        Con Fidel, podíamos entra y salir con confianza de las funerarias cubanas. Y, en plena capilla ardiente, cantar que nadie se iba a morir. Menos ahora.

        El castrismo fue una posposición de por vida de nuestra condición de mortales. Y el castrismo dependía de la residencia en La Tierra de un solo cuerpo. El de Fidel.

        Esto le descubrí muy temprano. De adolescente.
        Yo recién me había metido a friki y mi madre prácticamente me quería linchar.

        Era a mediados de los ochenta. Fidel tendría cuarenta o cuarenticinco años, mi edad actual. Ya sé que el dato no es exacto, pero se queda así. Fidel aparentaba, de hecho, mucho menos edad que la mía actual.

        Un campeón de cameos en cualquier fábrica o círculo infantil. Emisor de arengas improvisadas que él mismo anunciaba como “breves palabras” y terminaban durando horas.

        Mentira, mentira.

        Cuando Fidel hablaba el tiempo se detenía de verdad. No nos llamemos a engaño. Estamos solos y ya no tenemos a quién engañar.

        Jorgito Lage sabe muy bien por qué ha escrito lo que ha escrito en su cuento “Epílogo”. Pueden buscarlo en inglés en mi antología Cuba in Splinters, por si acaso no saben ni lo que digo.

        Aquí les dejo el enlace de todas formas, por si alguien todavía nos lee:


        Por algo Jorgito es el más político de los Lage. La única oveja política de la familia. Un narrador hípercondriaco que conoció en párrafo propio a Ricardo Piglia y Rodolfo Walsh.

        Hoy ya muertos los tres, frente a la pantalla monocromática de la televisión cubana. Una medianoche de viernes después de que Raúl Castro anunciara, entre fotos de los años cincuenta, que su hermano Fidel le había pedido que lo cremaran.

        Mientras mi madre, entre 1984 y 1986, me zafaba los pantalones entubados. Me robaba las cadenas con candados y cráneos de vaca, que eran mis atributos de guerrero roquero. Me escondía el agua oxigenada para que dejara de decolorarme el pelo (yo fui una rubia platino). Y me llevaba hasta la casa de Eliodoro, para que fuera el barbero de mi infancia quien me humillara.

        Pelado al moñito.

        Eliodoro tampoco gritó “viva la patria” cuando se lo llevaron, sino que gritó, sus uñas de mujer senil aferradas a las persianas de su barbería de Lawton:

        ―No me dejes solo, hijo de puta.

        Y en este caso el hijo de puta era, estrictamente, yo.

        No sé si me conocía o no me conocía. Llevaba todo el horror de Latinoamérica estancado en su mirada de medio mujeriego y medio maricón.

        Eliodoro de mi alma de niño. Casi un personaje de Edmundo de Amicis, mi corazón.

        Se lo llevaban en una ambulancia a cualquier hospital, pero Eliodoro me pedía con su espanto que yo lo ayudara a morirse en casa.

        Su casa, mi casa.

        Nuestra casa.

        Con su sillón de aceros y nácares ensamblado en Chicago, Illinois, la ciudad de los extranjeros y outsiders. Pésimo como barbero (hacía unas cucarachas del coño de su madre), insuperable como vecino noble del barrio.

        Lo vio todo. Lo vivió todo.

        Desde Machado. Pasando por Batista. Pero se quedó a medio camino de Castro.

        Después de todo, pienso que Eliodoro fue de los afortunados.       

       Tuvo la suerte de enfermarse casi hasta el final en su casa. De padecer un cáncer doméstico, casi familiar.

        Únicamente la ambulancia de aquella tarde lo traicionó, pero nuestro hombre de las brochas y las navajas no duró mucho más que su último viaje gratuito hasta el hospital.

        La Benéfica, creo. Ese matadero mucho más eficiente que el matadero de Lawton.

        Pobre Eliodoro de los cortes rectos, las patillas, y los chistecitos políticos mientras te afeitaba, untándote una pomadita blanca en cada cortada.

        Su barbería era una miniatura de la Biblioteca Nacional, con todos los periódicos de todos los días haciendo su aparición, puntuales.

        Nadie supo nunca de dónde los sacaba.

        Pobre Eliodoro de Radio Rebelde, sintonizando Aquí con Franco Carbón. Y la fanfarria de bandurrias de Radio Progreso, para que a nadie en Cuba se le fuera a dormir el brazo (¿miedo a un infarto?), ni tampoco pudiera nunca cesar el motor.

        Lo dicho por la Orquesta Aragón: el trabajo es gloria, la vida es amor.

        Pobre su petición que el roquero raquítico que era Orlando Luis Pardo Lazo no se atrevió a cumplir, dejándolo solo en su ruta hacia una muerte hospitalaria. Inhóspita.

        Pero, total, muchos otros eliodoros, antes y después de Eliodoro, terminarían mucho peor.

        A la mayoría sus propias familias los deportó al asilo de la avenida Dolores. Un palacete republicano infernal, regentado a golpes de cruz por las monjitas católicas, e higienizado a golpes de camilla por los funcionarios de Salud Pública y Servicios Necrológicos del Estado.

        Era a mediados de los ochenta. Fidel no tenía edad. Yo tampoco.

        Nadie se iba a morir. Menos entonces.

        Pero el adolescente que era Orlando Luis Pardo Lazo tuvo que llevarle un termo de sopa a Tiquitiqui, un negrito nonagenario asilado en contra de su voluntad en Dolores.

        Entre 10 y 11, creo. Para los conocedores de las calles del barrio. Que en esa zona de Lawton siempre se me confunden con 11 y 12. En fin, ya da igual.

        Mi mamá era familia de todo el mundo en La Habana. No voy a decir que era una santa. No era, es una santa.

        Lo vivió todo. No vio nada. Por suerte.

        Ni Machado. Ni Batista. Ni Castro.

        Y a todos los sobrevivió con su sonrisa de madre María antes del parto †, en el parto †, y después del parto †.

        Ningún castrismo consiguió matar su ilusión y su fe de futuro.

        Pero el friki reciente que yo era, por entonces ya sabía demasiado. Cargando con aquel termo desbordante con una sopa materna de fideos, comprados en la bodega del Chino, que quedaba en el cuchillo no de Zanja sino de Fonts y Rafael de Cárdenas.

        Cuando me doblé sobre Tiquitiqui para darle su sopa del día, el negrito ancestral me agarró por una mano. Al estilo de Eliodoro, la tarde de la ambulancia.

        Era puro hueso. Sin carne ni pulso ni circulación.

        Un objeto para nada relacionado con lo que yo creía hasta entonces que era el cuerpo humano. Pero Tiquitiqui no parecía ser tampoco un cadáver.

        Era como si fuera una cosa prieta inanimada, no muerta.

        Me dio asco.

        Parece que se me fue un gesto brusco y le viré encima parte de la sopa bullente. Pobre Tiquitiqui.

        Pero él no se inmutó. No se daba cuenta de nada. Excepto de no soltarme la mano.

        Ya no podía ni hablar. Estaba, simplemente, esperándome.

        Yo era la vida entonces. Por lo que Tiquitiqui tenía para mí un testimonio de urgencia, excepcional.

        El tiempo apremiaba. Y no sólo para él.

        Para ambos. Para ti también.

        Cuando por fin me atreví a mirarle a los ojos, Tiquitiqui me lo dijo todo con su mirada.

        Su mensaje era mucho más auténtico que el de cualquier Piglia, Walsh o Jorgito Lage. Su mensaje se oponía directamente al vitalismo revolucionario de Fidel Castro.

        Tiquitiqui me obligó a mirar su muerte de frente.

        A decidirme a esperarla o a no esperar entonces, cuando tenía catorce, quince o dieciséis años.

        Tiquitiqui me quería, asilado y todo por su familia para que se muriera como los elefantes de África.

        Me quería de verdad. Confiaba en mí desde nací. Y era brujo, como todos los negros cubanos lo son, sépanlo o no lo sepan.

        Tiquitiqui sabía cosas. No tenía ninguna necesidad de ser alfabetizado por ningún sistema social. Él estaba más allá de la sociedad y la historia.

        Un día le dijo a mi madre que yo iba a ser grande, muy grande. Y no le explicó nada más.

        Mi madre sintió miedo. Sintió espanto. Y corrió a ponerme un azabache contra el mal de ojo.

        El alfiler me pinchó y yo tuve una especie de parálisis. Pero no era mal de ojo en absoluto. Tiquitiqui ejercía exclusivamente el bien de ojo.

        No voy a decir que es un santo. No es necesaria esa redundancia.

        Allí estábamos, el negro nonagenario y el blanquito todavía sin su primera eyaculación. Con la muerte como invitada en nombre de la verdad.

        Tiquitiqui no me llamó “hijo de puta” con la mirada. El vocabulario absoluto de sus ojos mucho menos mencionó la palabra “patria”.

        Tiquitiqui me estaba me pidiendo otra cosa.

        Que yo mirara. Que no me pusiera a matar el tiempo con miedos y sopas y memorias y Estados. Y que lo mirara.


        Tiquitiqui, un negro decimonónico cubano, residente de una casita de madera donde Beales comparte acera con las calles E y Novena, me estaba enseñando, sin necesidad de lenguaje, a retar la muerte con la mirada.